Redes sociales y descentralización: el espejismo de la libertad digital. La ilusión de escapar del sistema

Publicado el 9 abril, 2026 por Alejandro Sarramea

Hay una idea que seduce con facilidad: que cambiando la arquitectura técnica de las redes sociales vamos a cambiar, automáticamente, la naturaleza del poder que circula en ellas. Es una intuición elegante, pero profundamente ingenua. Hoy proliferan propuestas que prometen devolverle al usuario el control: protocolos abiertos, identidades autocustodiadas, ausencia de algoritmos opacos, monetización directa. En apariencia, todo aquello que durante años criticamos de los sistemas centralizados empieza a diluirse. Sin embargo, el problema de fondo no era —ni es— meramente técnico.

La creación de contenido sigue orbitando el mismo núcleo económico: la atención. Podemos eliminar la intermediación directa, reemplazar suscripciones por micropagos, incluso suprimir algoritmos de recomendación. Pero el incentivo subyacente permanece intacto: capturar atención y convertirla en valor. Y en ese proceso, la publicidad —explícita o implícita— sigue siendo el mecanismo dominante. No importa si el entorno es descentralizado, federado o peer-to-peer: el creador compite por visibilidad. Y donde hay competencia por visibilidad, hay optimización de discurso. Donde hay optimización de discurso, hay manipulación. La descentralización no elimina la publicidad; la distribuye.


Se celebra la posibilidad de “no estar sujeto al algoritmo”. Pero esto confunde forma con sustancia. Eliminar un algoritmo centralizado no elimina los mecanismos de amplificación; simplemente los desplaza. Surgen algoritmos locales, filtros sociales, reputaciones emergentes, curadurías implícitas. Y, más importante aún, emergen dinámicas humanas mucho más difíciles de auditar: El hombre lobo del hombre, sesgos cognitivos, tribalismo, validación grupal.

La manipulación deja de ser técnica y pasa a ser psicológica. Y en sistemas pequeños, esto es incluso más peligroso, porque el costo de intervenirlos es radicalmente menor. Imaginemos una red de 20.000 usuarios. Ahora imaginemos que, desde fuera del sistema, se crean otros 20.000 agentes automatizados, cada uno con una clave pública válida, operando de forma coordinada. No hay fricción técnica real para evitarlo si el sistema privilegia apertura absoluta. Como advertía Friedich Nietzsche “Quien lucha con monstruos debe tener cuidado de no convertirse en uno” El resultado es obvio: se replica —o incluso se agrava— el mismo problema que en plataformas centralizadas. Solo que ahora no hay una entidad a la cual reclamarle. La descentralización elimina el censor, pero también elimina al responsable.


En este punto, resulta inevitable traer a colación a Stanley Milgram, quien en la década de 1960 diseñó uno de los experimentos más inquietantes de la psicología moderna para estudiar la obediencia a la autoridad. En su estudio, participantes comunes eran instruidos para aplicar descargas eléctricas a otra persona cada vez que cometía un error; aunque las descargas eran ficticias, los sujetos creían que eran reales, y aun así una proporción significativa continuaba incrementando la intensidad simplemente porque una figura de autoridad se lo indicaba. Lo que Milgram expuso no fue una anomalía, sino una constante: cuando la responsabilidad se percibe como delegada, el juicio moral se vuelve flexible. Alguien podría argumentar que este problema se disuelve en entornos descentralizados, donde no hay una autoridad clara a la cual obedecer; sin embargo, la realidad es menos tranquilizadora. La autoridad no desaparece: se fragmenta y se disfraza en señales de consenso, reputaciones distribuidas o mayorías aparentes. Y en ese escenario, el resultado puede ser incluso más inquietante.


Digital Id. ¿God the Devil who is who? In medium veritas


Y aquí aparece un punto incómodo: la identidad digital. La identidad digital es tratada muchas veces como un enemigo en sí mismo. Pero esto es un error conceptual. La identidad es una herramienta, neutra. En el medio esta la verdad enseñaba Aristóteles. Como toda herramienta, su valor depende del contexto y del uso. Puede ser un mecanismo de control, sí, pero también puede ser un mecanismo de defensa frente a ataques de escala, como los mencionados anteriormente. Puede limitar la creación masiva de identidades falsas, introducir fricción económica o reputacional, y estabilizar sistemas abiertos.


El rechazo absoluto a cualquier forma de identidad es, en el fondo, una renuncia a resolver uno de los problemas más complejos de los entornos digitales: la verificabilidad sin autoridad central. Ahora el problema es que filosoficamente, se la presenta como sofisticación técnica, no es más que ponerle el collar (electronico) al perro, la caravana a la vaca: marcar, enumerar, distinguir unidades, aunque no sepamos bien quién es quién ni qué representa cada identidad. Pero la identidad —si pretende tener algún valor en términos humanos— no debería limitarse a ser un identificador, sino a habilitar algo mucho más complejo: la posibilidad de tener voz propia, de ejercer pensamiento crítico, incluso de ser una voz disidente dentro del sistema.


Y mientras discutimos esto con el dedo inquisidor en términos casi administrativos, e irreflexivos, imprevisibles o en terminos un poco mas fierrezcos justificados en la escatología de que cuando el de atrás les dijo ‘vamos’, así les vino en gana, la realidad tecnológica avanza varios órdenes de magnitud por delante. Hoy ya existen herramientas capaces de identificar a una persona no por su nombre, ni por su documento, sino por el patrón único de sus propios latidos cardíacos, detectados a distancia y filtrados mediante inteligencia artificial . Es decir: ni siquiera el cuerpo es ya un refugio opaco.

No dimensionamos lo que nos estamos jugando. Y sin embargo, frente a ese nivel de complejidad, la respuesta institucional parece quedarse en lo más rudimentario: agarrar de la oreja a cuatro pibes que no llegan a fin de mes y que cometen el pecado capital de estar aprendiendo, lo que nadie les ha enseñado y de lo que nadie los ha defendido.

Mientras todo esto se discute en abstracto o erradamente en concreto, el mismo agente que uso al país como un colador en un reciente comercial repite como un mantra “If you are human and you know it clap your hands”, reciclando una canción infantil universal en una pieza que parece generada por inteligencia artificial ; con argumentos que, independientemente de la forma, personalmente considero válidos y que tienen también su verdad y razón de ser, y que por ende merecen ser escuchados pare encontrar esa verdad intermedia que proponía el estagirita.


Cambiamos las reglas, no el juego


Aquí conviene hacer una distinción clave. Los sistemas cerrados concentran poder, pero ofrecen responsabilidad: hay reglas claras, enforcement y un actor identificable. Los sistemas abiertos distribuyen poder, pero diluyen responsabilidad: la libertad aumenta, pero también la superficie de ataque. Ninguno de los dos modelos es inherentemente superior; son expresiones de trade-offs distintos. Y es en este punto donde ciertas decisiones jurídicas recientes resultan, cuanto menos, cuestionables.


Cuando se sanciona a individuos por operar dentro de un sistema que el propio marco legal permitió, se incurre en una contradicción estructural. Si un modelo tecnológico —sea cual sea— fue habilitado, tolerado o no regulado, la responsabilidad primaria deberia recaer en la ignorancia del propio sistema en aquel entorno normativo que lo hizo posible, no en quienes lo utilizaron bajo esas reglas. Castigar al operador es más fácil que revisar el sistema, pero también es intelectualmente deshonesto. Es esperanzador pensar que son ignorantes, pero tal vez, como decía Martin Fierro:

“La ley es tela de araña,
en mi inorancia lo esplico;
no la tema el hombre rico,
nunca la tema el que mande,
pues la ruempe el bicho grande
y sólo enrieda a los chicos.”


En síntesis, si el problema es el diseño, entonces la discusión debe ser sobre el diseño. Pero, superada prima facie la cuestión técnica del diseño, hay una pulsión casi ideológica en querer reemplazar completamente los sistemas centralizados por alternativas descentralizadas, como si uno debiera aniquilar al otro. Pero quizás ese no sea el objetivo. Tal vez el verdadero avance no sea la sustitución, sino la coexistencia: dar opcionalidad, permitir que distintas formas de organización compitan, se tensionen y se equilibren, y que ninguna concentración —ni de datos, ni de poder, ni de narrativa— alcance un dominio absoluto. Si uno quiere ponerse ligeramente esotérico —y a veces conviene hacerlo—, podría decir que lo que está en juego no es la victoria de un modelo sobre otro, sino el equilibrio de fuerzas. Porque los sistemas, como los individuos, tienden al exceso cuando no tienen contrapeso.


La descentralización no es una solución mágica. Es una herramienta poderosa que resuelve ciertos problemas, pero introduce otros. No elimina la manipulación, no elimina los incentivos económicos, no elimina la necesidad de pensar en identidad, en gobernanza, en responsabilidad. Y, sobre todo, no reemplaza la necesidad de pensamiento crítico. Si algo debería quedar claro es esto: cambiar la infraestructura no cambia la naturaleza humana. Y cualquier sistema que ignore eso está condenado a repetir, bajo otra forma, los mismos vicios que prometía erradicar.

La centralización ordena, pero tiende al dominio; la descentralización libera, pero tiende a la dispersión e incluso tal vez no logre inhabilitar el dominio, o solo lo sustituya por otro distinto. Ninguna es redentora por sí misma. Y, en el medio, siempre, está el factor humano: una conciencia que busca verdad, pero que también es vulnerable a sus propias ilusiones. Porque, al final, no importa cuán sofisticada sea la arquitectura: si no entendemos las fuerzas que nos atraviesan, terminamos obedeciendo aquello que creemos haber superado. Y quizás ahí radique la paradoja más profunda: que la libertad no se encuentra en el sistema que elegimos, sino en la lucidez con la que aprendemos a habitarlo.


Descargo de responsabilidad


Las opiniones expresadas en este artículo representan un análisis general sobre dinámicas tecnológicas, económicas y sociales en entornos digitales. No constituyen asesoramiento legal, financiero ni técnico específico. Se ha decidido omitir deliberadamente cualquier referencia explícita a instituciones, agentes o entidades concretas. Este artículo tiene un carácter intelectual y abstracto, y la interpretación, valoración o uso de las ideas aquí expuestas es exclusiva responsabilidad del lector

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