Publicado el 21 mayo, 2026 por Alejandro Sarramea
Las ciudades están llenas de personas que corren, pero Córdoba tiene un ritmo particular. Esa noche de 22 de mayo Córdoba estaba húmeda y fría. Las motos dejaban un ruido finito sobre el asfalto mojado y el bar tenía las ventanas empañadas, como si adentro hubiera demasiadas conversaciones para un solo lugar. En la mesa del fondo estaban ellos, acurrucados. En el lenguaje típico “Taba Polar”
Lograr que personas completamente distintas sigan queriéndose después de tantos años es mucho más improbable que encontrar una partícula en el universo.
Petaca hablaba fuerte aunque nadie estuviera discutiéndole nada. Culebra miraba las cosas como si siempre estuviera pensando otra cosa más profunda abajo de lo evidente. Juli tenía cara de música cansada o de programadora triste; en Argentina las dos profesiones terminan mirando parecido. Rijillo parecía vivir permanentemente al borde de una catástrofe financiera, mientras el Tordo seguía encanutando dólares debajo del colchón con la tranquilidad espiritual de un monje medieval.
La pizza todavía no llegaba cuando Petaca, medio en curda, tiró al aire:
—Che… ¿y si Bitcoin se va a un millón de dólares?
— Pa que querei tanto angurriento ¡Qué sesón que tenée!
Culebra ni la dudó y respondió automáticamente:
—Yo arranco de gira con la vagancia pa Brasil.
. -Vai a tener que cambiar el auto pa eh, porque pa pecharte a vos…
—Vos no sobrevivís diez días seguidos de gira acá, vas a llegar a Brasil.
—Bueno… siete días y vemo.
Petaca levantó el Fernet.
—Yo me voy de vacaciones con mi novia.
—Si ya te dejó tu novia.
Juli sonrió y, con la tonada típica, contestó:
—Estamos ahí, tamo ahí…En cualquier momento le meto un voleo…
—Mentira, si lo re amas al cachibache este.
– Al segundo va a andar leyendo sobre tensiones comerciales entre China y Estados Unidos.
—Es que me gusta la geopolítica.
—A vos lo que no te gusta es venir a casa de mi mamá.
-Dejalo salir al chico, hace como 1 mes que no viene al baile…
-ja! Con vos no va al baile!
Respondió Juli al vuelo
Molleja intentó meter la cuchara, pero no lo dejaron.
—¿Pero vos para qué te metés en todo esto si ni necesitás laburar? A vos te dicen carnicería sin techo, te cayó la mosca de arriba.
Petaca tardó un segundo en reincorporarse y rapido se le paso el pedo antes de responder:
—Yo tengo ambiciones intelectuales, me gusta entender cómo cambia el mundo.
Molleja miró la lluvia detrás del vidrio.
—Todas las generaciones tuvieron una tecnología que prometía cambiarlo todo.
—¿Y esta?
—No sé. Pero las preguntas son interesantes.
El Colo lo señaló.
—Te comiste la enciclopedia y andai más seco que sanguchito de la terminal.
—Hay que cuidar el mango, que en la blockchain todo queda y después los hijos te retan.
Petaca sonrió apenas, desplegando su lado artístico.
—Yo recorrería museos.
La mesa frenó dos segundos.
—No podés ser tan poco argentino.
—¿Qué tiene?
—Con un millón de dólares y vos querés mirar cuadros. Al mundial tenemos que ir, al mundial!
Morrón acomodó el vaso lentamente.
—Me compraría una casa enorme, llena de habitaciones distintas. Y en cada una viviría un vino diferente. Un vino joven para escuchar música mientras llueve. Otro, con más madera y más silencio, para jugar al ajedrez hasta la madrugada. Una habitación tibia para cocinar y comer lento, con botellas abiertas y conversaciones largas. Y otra, iluminada apenas, para pintar cuadros sin mirar el reloj. Como si el vino no fuera solamente una bebida, sino una forma distinta de habitar el tiempo.
—Te fundís en un mes…
—Dos semanas te doy.
—Cómo te gusta habitar el tiempo Morron a vos no…
—Qué tiempazononón —respondió, haciendo alusión al vino que bebia.
—Los seres humanos hacemos arte y tecnología por la misma razón.
—¿Cuál?
—Para dejar algo que sobreviva un poco más que nosotros.
Por un instante nadie hizo chistes.
Porque algunas frases llegan despacio, como las brasas.
Entonces llegó la pizza.
Y ocurrió el viejo milagro argentino: desaparecieron por unos minutos las ideologías, los mercados y las teorías sobre el futuro.
Solamente existía el queso caliente.
Rijillo agarró una porción demasiado rápido y se quemó la lengua.
—El mercado castiga la ansiedad —dijo Molleja.
Rijillo lo miró masticando pizza.
—¿Qué sabés vos? Si fuiste a comprar figuritas del Mundial y volviste con estampitas.
—Callate, vos no te sabés cambiar ni las medias, y yo que pensaba que era la muzzarella.
Las risas llenaron la mesa.
Y en ese momento apareció el Tordo, llegando tarde como siempre, con un maletín y cara de haber discutido con un cajero automático.
—¿Qué tema importante resolvieron sin mí?
—Bitcoin a un millón.
El Tordo dejó el maletín en el piso.
—Yo sigo confiando más en los dólares debajo del colchón.
El Colo lo miró serio dos segundos.
—Te debe doler la espalda de todos los dólares que tenés debajo del colchón.
La mesa explotó.
—Es ahorro lumbar.
El Tordo se defendía riéndose.
—Ustedes se ríen, pero cuando desaparezcan esas blockchains raras yo voy a seguir durmiendo tranquilo.
—Si te la pasás durmiendo…
Rijillo levantó un dedo.
—Pará… algunas desaparecen en una semana.
-Ni se va a enterar entonces
—Como las memecoins donde invertís vos.
Todos empezaron a reírse antes de que hablara porque conocían la historia.
—No rompan las bolas.
—Dale, contala.
Rijillo suspiró con dignidad teatral.
—Invertí en una moneda porque tenía un sapo vestido de astronauta.
La mesa explotó.
—¡No podés poner plata por un sapo astronauta!
—¡Encima el whitepaper tenía errores de ortografía!
—Eso era descentralización lingüística.
Rijillo siguió:
—En cuatro días había ganado más plata que en meses trabajando.
—¿Y qué hiciste?
—Me agrandé. Empecé a hablar de macroeconomía en el cumpleaños del Walter…
—Eso ya es una enfermedad.
—Le expliqué inflación al peluquero, al taxista… Mi odontologó no me podia poner el aparato, ya lo había secao te juro.
—¿Y después?
—Después cayó noventa y ocho por ciento en una noche.
El Colo ya lloraba de risa.
—¿Y el sapo astronauta?
Rijillo tomó cerveza lentamente antes de responder:
—Ahh… me comí un sapito.
La mesa explotó de una manera tan absurda que hasta el mozo terminó riéndose sin entender del todo el contexto.
Y quizás ahí estaba el verdadero humor. No en el remate. En la dignidad con la que los seres humanos contamos nuestras derrotas pequeñas. Porque el argentino, y principalmente el cordobés, puede perder plata, tiempo o pelo. Pero jamás pierde completamente la capacidad de hacer un chiste o contar cuento, es intrinseco a su naturaleza…
Juli habló entonces más bajo.
—Yo perdí bastante también.
-y mira el coso que te fuiste a buscar…
-ubicate…
La mesa bajó un cambio automáticamente.
—¿Con qué?
—Con una plataforma que prometía rendimientos imposibles.
Miró el vaso antes de continuar.
—Pensé que entendía todo. Y la verdad es que no entendía nada.
El Ingeniero asintió lentamente.
—Internet hace eso.
—¿Qué cosa?
—Te hace sentir inteligente demasiado rápido.
Hubo silencio.
Un silencio cómodo. De esos que solamente existen entre personas que ya no necesitan impresionarse mutuamente.
Entonces el Colo preguntó:
—Bueno… hipótesis mala. ¿Qué pasa si Bitcoin se va a cero?
Molleja respondió primero.
—Y… podés venir a ranchear con los pibes cuando quieras.
—Si a este le dicen asistencia perfecta: vino el lunes, vino el martes, vino el miércoles…
—Desierto del Sahara le dicen, ni un día fresco….
—No seas mufa.
—Eso sí —agregó el Tordo, levantando un dedo en actitud paternal—, a mí no me toqué la puerta. Te cabe por pelotudo.
—Ni vengas manguear pizza —saltó el mozo, que ya era uno más de la farra.
La mesa explotó otra vez.
—Ustedes no entienden nada.
—¿Tenés Wi-Fi?
—Sí —asintió el mozo.
—¿Y cuál es la clave?
—Tener la guita y pagarlo.
La barra estallaba entre manos de truco y señas poco entendibles mientras el colorado de la suerte se pegaba en la frente el macho de espadas. Y detrás de la risa había algo profundamente humano. La idea de que incluso cuando algo fracasa todavía existe una mesa donde sentarse. El Ingeniero levantó el vaso como quien acomoda una idea difícil.
—Para mí existen dos hipótesis.
—Uh… arrancó Discovery Channel.
—La hipótesis mala es fácil…
—Media te dicen a vos, abrís la boca para meter la pata.
—Exacto.
—¿Y la buena?
El Ingeniero miró alrededor antes de responder. Las pizzas a medio terminar. Las camperas mojadas. La lluvia golpeando suave detrás del vidrio. Y dijo:
—Que algunas de estas herramientas permitan construir sistemas más abiertos.
—¿Como cuáles?
—Dinero programable. Redes donde las personas puedan coordinarse sin pedir permiso. Contratos que se ejecuten solos. Nuevas formas de propiedad digital. Identidad en internet sin depender completamente de corporaciones.
Juli levantó la vista.
—Ethereum intenta hacer eso.
Instantáneamente aparecieron opiniones cruzadas.
—Ethereum no es Bitcoin.
—Ya sabemos, no se pongan hincha pelotas.
—Aguante el perrito —resolvió el Ingeniero.
—Mirá cómo se suelta el Ingeniero después de dos cervezas.
—Ja… el Ingeniero o el Doctor se sueltan, pero cuando se chupa Fierro, ahí va el borracho de Fierro…
—Yo no tengo tiempo para estudiar esas cosas, tengo que pagarle el colegio a los chicos.
—No sirve el colegio.
—Vos porque no terminaste el colegio.
Entre risa y risa se retrucaban la picantiada.
Pero el Ingeniero seguía pensando en otra cosa.
—¿Saben qué es lo más raro?
—¿Qué?
—Que al final todo esto habla menos de tecnología y más de confianza.
Nadie respondió enseguida.
—Devolveme el encendedor, que es el único que tenemos.
Porque era cierto. El dinero siempre había sido una historia compartida.
Un acuerdo invisible entre personas que probablemente jamás se conocerían. Y tal vez blockchain no era solamente una tecnología. Tal vez era otra forma de preguntarse cómo confiar entre desconocidos en un mundo cada vez más roto.
La última porción quedó sola en el centro de la mesa.Todos los moralistas la miraron con esa solemnidad absurda que tienen las pequeñas cosas importantes.
Entonces el Tordo dijo:
—Divídanla ustedes. Yo ya estoy tranquilo.
—¿Qué van a dividir si ni saben sumar? No se saben ni la raíz cuadrada de 25…
—¿Raíz? ¿Los árboles tienen raíces?
El Colo lo miró confundido.
—¿Por qué?
El Tordo se encogió de hombros mirando la mesa.
—Porque hay personas que pasan la vida entera persiguiendo cosas… sin darse cuenta de que a veces ya tenian la jugada al frente, compartiendo una mesa, una pizza y una conversación con amigos.
Descargo de responsabilidad
El siguiente relato constituye una obra de ficción inspirada en conversaciones, climas culturales y experiencias comunes dentro del ecosistema tecnológico y cripto argentino. Los personajes, diálogos y situaciones han sido construidos con fines narrativos, humorísticos y reflexivos.
Las referencias a Bitcoin, blockchain, criptomonedas, mercados o tecnologías emergentes no constituyen asesoramiento financiero, legal, contable ni de inversión. Toda mención a activos digitales, plataformas o fenómenos vinculados al ecosistema debe interpretarse exclusivamente en un contexto literario y cultural.
Asimismo, el texto no tiene intención de promover prejuicios, descalificaciones ni estereotipos sobre profesiones, comunidades, nacionalidades, perfiles sociales o personas vinculadas al ecosistema tecnológico y financiero. Los recursos humorísticos, los apodos, las exageraciones y las situaciones absurdas forman parte de una construcción narrativa propia de la ficción y de una tradición oral profundamente arraigada en la cultura cordobesa, donde el apodo y los juegos de palabra funcionan históricamente como una forma de cercanía, humor, afecto y pertenencia social antes que como una descalificación literal. Como expresaba el gran humorista landriscina, muchas de estas expresiones y anécdotas se extraen de contextos reales hasta paulatinamente convertirse y transformarse en inofensivos cuentos populares típicos
La intención del relato no es validar promesas de rentabilidad ni conductas especulativas, sino explorar —desde el humor, la amistad y la conversación cotidiana— algunas de las preguntas humanas, tecnológicas y sociales que atraviesan nuestra época.
Asimismo, el presente texto fue escrito en el marco de la conmemoración del Bitcoin Pizza Day, tomando como punto de partida el valor cultural, simbólico y humano que existe detrás de las conversaciones cotidianas sobre tecnología, dinero, amistad y futuro




