Publicado el 16 abril, 2026 por Alejandro Sarramea
Hay discusiones que parecen técnicas, pero en realidad son profundamente culturales. El eterno ida y vuelta entre Bitcoiners y Shitcoiners no trata solo de protocolos, seguridad, descentralización o escalabilidad. Trata de identidad, de pertenencia, de narrativa. Y, sobre todo, trata de poder. Antes de seguir, una aclaración necesaria: esto no es una crítica en el sentido moral del término. No hay una toma de partido escondida entre líneas. Lo que estoy intentando hacer es pintar un cuadro. Nada más. Como Pablo Picasso con Guernica: no es una postura a favor o en contra de la guerra civil, es una representación brutal de lo que ocurre cuando los sistemas colisionan. Esto es eso. Un cuadro. Incómodo, fragmentado, pero real.
El Bitcoiner no solo defiende una tecnología. Defiende una verdad. Bitcoin no es “una opción”: es el estándar. Es dinero sin Estado, escasez digital, resistencia a la censura. Es, en muchos casos, la respuesta final. Y ahí aparece el punto incómodo: esa convicción, que en parte se apoya en virtudes técnicas reales —simplicidad, robustez, seguridad—, muchas veces se transforma en algo más parecido a la fe que al análisis. Porque cuando una tecnología deja de poder ser cuestionada sin que eso sea leído como un ataque, deja de ser solo tecnología. Se vuelve doctrina. Y en ese proceso, incluso las verdades técnicas más bonitas del protocolo empiezan a ser usadas no como puntos de partida para pensar, sino como escudos para no tener que hacerlo.
Del otro lado, el Shitcoiner vive en otro universo. No cree en una verdad única, cree en iteraciones. Es más caótico, más oportunista, más pragmático. Construye, rompe, vuelve a construir. Experimenta con gobernanza, con modelos económicos, con arquitecturas nuevas. Muchas veces se equivoca, muchas veces fracasa, muchas veces se pasa de rosca. Y sí, en ese mundo hay humo, hay marketing, hay rug pulls, hay basura. Pero también hay algo que incomoda al otro lado: la aceptación de que la tecnología no es sagrada. Que se puede cambiar, que se puede romper, que se puede mejorar. El Bitcoiner ve eso y dice “inseguridad”. El Shitcoiner mira Bitcoin y dice “rigidez”.
Ambos tienen razón. Y ambos, también, están profundamente sesgados. Si uno quisiera llevar esto a otro plano, podría pensarlo como lo hacía Homero en la Ilíada. Griegos y troyanos no son buenos o malos: Son humanos. Cada uno con sus razones, sus errores, sus excesos, sus convicciones. La guerra no existe porque uno tenga razón y el otro no, sino porque ambos creen tenerla. En cripto pasa algo parecido.
Entre la fe, la innovación y la supervivencia: una radiografía incómoda del poder en el ecosistema cripto.
Ahora bien, cuando la discusión baja al plano de la seguridad real —no del relato—, el tono cambia. Porque aparece un problema que no responde a ideología: los límites de la criptografía. Si mañana —o en una década— ciertos supuestos dejan de sostenerse, no importa cuánto creas en Bitcoin o en cualquier otra red. El problema es el mismo. Y ahí aparece un escenario incómodo: una parte relevante del sistema podría quedar expuesta. No por fraude, no por mala praxis, sino por evolución tecnológica.
Entonces el dilema es brutal: o cambiás las reglas para proteger el sistema, o respetás las reglas y aceptás las consecuencias. No hay pureza posible. Porque proteger puede implicar romper principios. Y no hacer nada puede implicar romper el sistema. Y en ese punto, toda narrativa empieza a crujir. Y sin embargo, mientras unos plantean estos problemas, del otro lado sigue viva —y fuerte— la épica. Bitcoin como libertad, como verdad, como herramienta contra la tiranía, como sistema que no discrimina. Un dinero para todos, una red abierta, una infraestructura que promete igualar. En su versión más intensa, incluso algo más: Bitcoin como ética. Bitcoin como una forma de orden superior. Casi, para algunos, un culto, una religión. No es casual. Cuando algo concentra tanto sentido —económico, político, incluso espiritual— deja de ser una herramienta neutral. Pasa a ser una causa. Y las causas no siempre toleran bien las dudas.
En este punto, conviene abandonar cualquier inocencia. Nicolás Maquiavelo lo dijo maradonianamente hace siglos: no se puede jugar limpio en un juego donde todos juegan sucio. Y el ecosistema cripto —aunque le guste pensarse abierto— muchas veces funciona como una suma de círculos cerrados. Comunidades, fundaciones, equipos, liderazgos informales. Espacios donde se habla de inclusión, pero donde no siempre conviene abrir el juego. Donde generar oportunidades para otros puede implicar diluir poder propio. Y eso, en un entorno competitivo, no siempre es una decisión fácil… ni frecuente. Cada uno tira agua para su propio molino.
Por eso es fácil burlarse del desastre ajeno. De un potencial avance de la computación cuántica capaz de comprometer los esquemas criptográficos actuales —particularmente las firmas basadas en curvas elípticas— sobre las que se construye Bitcoin y de propuestas —acertadas o no— que intentan anticiparse a ese escenario, planteando migraciones hacia direcciones con firmas post-cuánticas.
En ese contexto aparecen discusiones técnicas complejas: mecanismos que podrían implicar forzar la rotación de UTXOs vulnerables, introducir nuevas primitivas criptográficas y, eventualmente, cambios de consenso que no serían triviales —ni social ni técnicamente— de coordinar. Algunas recientes ideas incluso sugieren limitar o invalidar la capacidad de gasto de direcciones expuestas si no migran a tiempo, lo que abre interrogantes sobre fondos perdidos, claves inaccesibles y derechos de propiedad. Como así también discusiones sobre el rug pull de turno, la memecoin de turno, el protocolo que implosiona o el experimento que dura apenas semanas. Que hay que usar solo Bitcoin. Que las stablecoins sí, que las stablecoins no; cuáles sí, cuáles no. Y la discusión eterna: cuáles sirven, cuáles no, cuál es realmente descentralizada… y la reputísima madre que lo parió.
Pero sería ingenuo no ver el espejo. Porque sería igual de grave —o más— que un cambio tecnológico haga colapsar, sin previo aviso, la arquitectura criptográfica más sólida que conocemos. Distintos caminos. Mismo resultado: pérdida de confianza. Uno explota rápido. El otro puede tardar años… pero si rompe, rompe todo.
Ni santos ni herejes: cómo el culto, el caos y la supervivencia definen quién gana cuando el sistema se pone a prueba.
Y ahí es donde me paro yo.
Soy bilardista. Carlos Salvador Bilardo, bilardista. Soy resultadista. Y también —en otro plano— creo entender de qué se trata ser un “Stone”. Ser Stone no es solo pertenecer a las majestades satánicas. Es conocer la cornisa y no haber caído al infierno. Es saber jugar al chico bueno y al chico malo, es moverse entre Sympathy for the Devil y Saint of Me e individualmente negociar un God Gave Me Everything. Es haber estado en la calle —y entender que el que tiene calle, sabe que no la tiene—, es haber comprendido cómo funciona el juego de verdad… y aun así haber llegado lejos, a pesar de todo.
Es ser un hombre dulce y de temperamento en la búsqueda de su Vision of Paradise, sin olvidar la raíz, ese pulso primitivo que también supo marcar Brian Jones en piezas como No Expectations, combinandola también con la crudeza individualista de Keith Richards cuando sale solo a la cancha con Take It So Hard, pero siempre, en el fondo, sereno como Charlie Watts. No hay forma de definir a la elegancia Stone, It´s only rock and roll but YOU like it…
Los Old Gs, los viejos del blues miraban a los Stones y entendían algo incómodo: los Stones simplemente son lo que ellos fueron… pero los Stones siguieron, evolucionaron: Ganaron. Eso es ser un Stone. Y yo, como buen bilardista, soy resultadista. A mí no me interesa quién tenía razón en el relato. Me interesa quién gana el partido. Qué sistema sigue en pie, cuál se adapta, cuál no se rompe cuando cambian las reglas. Porque el partido no está terminado. Y en la cancha no hay santos ni herejes, no hay maximalistas, ni degenerados. Como manifestaba en el cierre de la Bitconf 2025. En el sector hay una dualidad dialéctica de angelitos y diablitos en todos los sectores y agentes del ecosistema: es la guerra de Troya. No hay buenos y malos absolutos: Hay humanos, hay valores y disvalores humanos y todo eso es representativo de lo que somos. Con sus creencias, obediencias, desobediencias, sus intereses, sus talentos y sus límites. Hay guerreros que sobreviven y otros que mueren, sistemas que sobreviven… y sistemas que no. Pero al final del día, la pregunta verdaderamente importante sigue siendo la misma: ¿Who the fuck are the Cockraches?
Descargo de responsabilidad:
Este artículo refleja una interpretación personal sobre dinámicas culturales, tecnológicas y de poder dentro del ecosistema cripto. No constituye asesoramiento legal, financiero ni técnico. Se ha optado deliberadamente por omitir referencias a empresas, protocolos, instituciones o grupos de interés concretos, con el objetivo de mantener un enfoque general y evitar personalizar el análisis. Cada lector es responsable de las decisiones que tome a partir de su propio análisis y contexto




