Publicado el 12 marzo, 2026 por Alejandro Sarramea
Durante mucho tiempo el ecosistema cripto se presentó a sí mismo como una contracultura tecnológica. Una reacción frente a la creciente concentración de poder en las grandes plataformas de internet. La promesa era seductora: redes abiertas, infraestructuras descentralizadas y comunidades capaces de coordinar valor sin depender de intermediarios.
Sin embargo, a medida que el ecosistema madura comienza a aparecer un fenómeno curioso. Se suele hacer alusión a la “descentralización dentro de la centralización”. Muchas startups nacidas en el mundo de Web3, y algunas empresas más recientes del sector de la inteligencia artificial, terminan asociándose, integrándose o siendo adquiridas por grandes empresas tecnológicas. En una verdadera escena digna de Saturno devorando a su hijo, las grandes plataformas terminan engullendo a aquellas pequeñas startups que alguna vez prometieron desafiarlas. Lo que comenzó como una crítica al sistema parece, en muchos casos, terminar en un proceso casi goyesco de absorción.
Antes de interpretar esto como una derrota de la descentralización, tal vez convenga mirar el problema desde una perspectiva más fundamental. Gran parte de las instituciones jurídicas y económicas que organizan la sociedad existen para resolver un problema bastante simple: la conflictividad potencial sobre recursos escasos. En un mundo donde las personas necesitan utilizar medios limitados —tierra, herramientas, energía, infraestructura— para alcanzar sus fines, es inevitable que aparezcan disputas sobre quién puede usar qué recurso y bajo qué condiciones.
El derecho de propiedad surge precisamente para resolver ese conflicto elemental. Su función no es tanto incentivar la innovación o diseñar resultados económicos deseables, sino algo mucho más básico: reducir la posibilidad de conflicto entre personas que desean utilizar los mismos recursos.
En la litera, un libro, bajo la almohada, la daga. El panorama cambia radicalmente cuando nos movemos al ámbito de la información.
Podríamos apelar a algunas interpretaciones alejandrinas de Aristóteles o incluso corrientes más esotéricas del pensamiento moderno asociadas a George Gurdjieff y P. D. Ouspensky, para defender la idea de que el conocimiento es materia y por lo tanto limitado y por ende para que uno se lo apropie es menester que a otro sea excluido, pero dado que el pecado de la soberbia acorto según los mágicos, la vida del gran Alejandro y para no incurrir en misticismos exacerbados y únicamente en miras de conquistar y persuadir al lector, propongo partir de la base de que existe un grado de probabilidad de que en la realidad, las ideas, el conocimiento, el software y los datos gocen de una característica económicas particulares y puedan reproducirse prácticamente sin costo siendo utilizados por múltiples personas al mismo tiempo sin interferir entre sí. Es decir, dos individuos pueden ejecutar el mismo programa o utilizar el mismo algoritmo simultáneamente sin generar un conflicto por el uso de ese recurso.
Si partimos de la clásica noción aristotélica del ser humano como animal político, zoon politikon, desde el punto de vista económico la información aparece, en principio, como un bien no rival.
El problema es que ( y las vicisitudes geopolíticas lo verifican) es que ni siquiera la propia estructura institucional parece creer y confiar completamente en esa premisa. Gran parte del debate jurídico y tecnológico de las últimas décadas ha intentado aplicar sobre ese mundo de ideas una lógica de propiedad diseñada originalmente para bienes escasos. Las patentes y los derechos de autor funcionan precisamente otorgando a ciertos actores la capacidad de impedir que otros utilicen sus propios recursos físicos de determinadas maneras.
En ese sentido, más que extender los derechos de propiedad tradicionales, la propiedad intelectual introduce una redistribución de control sobre recursos físicos existentes. La expansión global de internet y la proliferación de flujos de información han hecho esta tensión especialmente visible. Gran parte de la infraestructura que sostiene la red global —protocolos abiertos, estándares técnicos, software libre— se desarrolló en entornos donde la circulación de información era relativamente libre. La posibilidad de copiar, modificar y recombinar conocimiento existente se convirtió en uno de los motores más potentes de innovación tecnológica. Cuando el ecosistema comenzó a experimentar con infraestructuras descentralizadas, muchas de estas tensiones reaparecieron bajo nuevas formas.
Sobre la viabilidad del diseño tecnológico como sustituto institucional
Bitcoin introdujo algo conceptualmente interesante en este escenario. Entiendo que Bitcoin más que proponer una forma de dinero digital, propone un sistema donde el control sobre cierta información se determina mediante criptografía y no exclusivamente mediante instituciones. Quien controla una clave privada puede mover la información asociada a esa clave.
Esto llevó a algunos autores a plantear una distinción provocadora: en realidad nadie es “dueño” o “posee” Bitcoin en el sentido jurídico tradicional. Lo que existe es la capacidad técnica de controlar ciertos registros dentro de un sistema criptográfico. Puede parecer una diferencia meramente filosófica, pero no lo es
De hecho, incluso dentro del propio diseño del protocolo existe una dimensión temporal que excede a nuestra generación. Aún quedan millones de bitcoins por minarse hasta el año 2140, lo que implica que gran parte de las dinámicas económicas del sistema se desarrollarán en horizontes históricos que probablemente ninguno de nosotros llegue a presenciar.
Lo relevante, sin embargo, es que esta propuesta introduce una idea poderosa: parte de los conflictos que históricamente resolvíamos mediante instituciones jurídicas pueden, en ciertos contextos, resolverse mediante diseño tecnológico. Muchas de las startups que han surgido en el ecosistema Web3 y en el sector tecnológico durante los últimos años están intentando explorar precisamente este territorio: infraestructuras descentralizadas para identidad digital, mercados abiertos de datos, redes de computación distribuida o nuevas formas de coordinación económica.
La paradoja de la privatización de las ideas
Conceptualmente, muchas de estas propuestas buscan reorganizar la forma en que se asigna y se controla el acceso a ciertos recursos en el entorno digital. Pero cuando estas ideas comienzan a demostrar valor real aparece una realidad inevitable: la infraestructura material que sostiene internet sigue siendo profundamente escasa. Centros de datos, hardware especializado, capital, energía, talento técnico y acceso a usuarios globales siguen concentrados en organizaciones de gran escala.
Algunos entonces anuncian la muerte de Web3 y hablan del surgimiento de una hipotética Web4, donde blockchain funcionaría como infraestructura invisible mientras la inteligencia artificial se convertiría en la interfaz visible para el usuario. Paradójicamente, incluso estos escenarios tienden a reforzar las necesidades estructurales de centralización. El razonamiento podría concebirse bajo la lógica de la dialéctica Hegeliana: la propiedad surge como tesis para ordenar la escasez; la información aparece como antítesis al poder reproducirse sin límite; y la infraestructura que la sostiene restituye la escasez como síntesis. O, desde un criterio más utilitarista o pragmático, la centralización final muchas veces no es más que la consecuencia lógica de un “exit” casi predestinado para la mayoría de las startups y empresas tecnológicas emergentes.
En otras palabras, aunque el mundo de la información pueda replicarse casi sin costo, la infraestructura física que sostiene ese mundo sigue estando sujeta a las reglas tradicionales de la economía. Y donde hay escasez reaparecen inevitablemente fenómenos como la competencia económica, la acumulación de capital y las adquisiciones empresariales.
No deja de ser curioso que ciertas corrientes políticas pretenden establecer un sistema de “propiedad sobre las ideas” haciendo de las mismas una bandera doctrinaria. Si las ideas pueden reproducirse sin límite, privatizarlas implica necesariamente restringir el uso que otros pueden hacer de sus propios recursos físicos. La paradoja es evidente: intentar convertir el conocimiento en propiedad exclusiva exige una forma de control colectivo sobre algo que, por naturaleza, no es escaso.
Desde esta perspectiva, el fenómeno de startups Web3 que terminan siendo adquiridas o integradas por grandes empresas tecnológicas deja de parecer una anomalía. Se convierte más bien en una consecuencia bastante natural de la estructura económica subyacente de internet.
La innovación puede surgir en el dominio de la información, donde experimentar es relativamente barato y la circulación de ideas es rápida. Pero cuando esas ideas necesitan escalar sobre infraestructura física, o regulatoria, inevitablemente entran en contacto con las estructuras económicas del mundo material. Y ese contacto cambia y tal vez contamina las reglas del matemático juego.
Quizás muchas de las tensiones actuales provengan de la antigua ontología dual platónica entre distintos planos de la realidad. Una suerte de coexistencia entre un mundo de formas, donde la información puede replicarse infinitamente; y un mundo material donde los recursos siguen siendo limitados. Compartamos o no esta interpretación metafísica, comprender al menos esta diferencia conceptual ayuda a interpretar muchos fenómenos contemporáneos con mayor claridad.
Porque al final del día cada actor del ecosistema termina enfrentando una decisión bastante simple: determinar de qué lado de la cancha quiere jugar. Algunos optarán por permanecer dentro del espacio inteligible y abierto de los protocolos y del software, donde la lógica dominante es la circulación de información y la experimentación tecnológica. Otros elegirán interactuar con el mundo de las organizaciones, el capital y las infraestructuras globales, donde operan las dinámicas clásicas de la economía y donde las ideas inevitablemente deben tomar cuerpo.
Tal vez, como sugiere el antiguo principio hermético “como es arriba es abajo” ambos planos se reflejan y se cruzan constantemente. Pero confundir sus reglas puede ser, precisamente, el pecado original del ciberespacio.
Las reflexiones contenidas en este artículo son de carácter estrictamente conceptual. No constituyen asesoramiento espiritual, legal, financiero ni profesional, y corresponden a un ejercicio de pensamiento y análisis personal del autor, cuyo uso y aplicación quedan enteramente a discreción del lector.




